El despertador del celular suena cerca de las 7 am. En las ventanas la humedad se resbala por los vidrios. La lluvia nocturna ya cesó y los primeros rayos del sol de julio se asoman débiles.
Enciendo la TV, para seguir viendo la terrible evolución de nuestras vidas, leo unas hojas sueltas sobre una mesa, quizás algún sueño extraño, embrión de libro, transcrito al papel.
Me levanto, sin abrigarme, y me dirijo a la cocina. Tengo hambre y prepararé quaker con leche. Simultáneamente enciendo el notebook. Deambulo por el departamento varios minutos sin sentido, mirando por cada ventana empañada. Miro cada cuadro pintado por mi esposa, que ya se fue al trabajo, ubicado a dos cuadras, con sus maquetas y planos.
La leche hierve más de la cuenta, hasta rebalsarse. Mejor tomo un café.
Me siento en la mesa frente al notebook, pensando, abstraído al máximo de mi capacidad de introspección. Buscando un planteamiento en extremo complejo, filosófico, inteligente.
De pronto, las noticias me dan nuevas ideas para las 20 páginas ya escritas...hablar de la vida que uno también vive es más fácil que imaginar la de Platón.
Jorge Gómez-Arismendi
